Rulo y señal de la cruz

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Diego Armando, ese bastión de la Argentina impresentable, el costado oscuro de un país que os juro también tiene otra cara, hay luz, pero exportamos la sombra, y el sábado 24 de noviembre vendimos al planeta nuevamente nuestra imagen más salvaje.

Diego Armando dijo antes de irse “la pelota no se mancha” y una vez más se equivocó.

Si ese fue el referente de toda una generación, este es acaso el resultado: doble moral, incoherencia, falta de respeto, soberbia, intolerancia, patoterismo barriobajero, autodestrucción.

Ese que entraba a la cancha con sus rulos (rizos) y haciendo la señal de la cruz mientras apoyaba a los barrabravas nutriendo así LA CULTURA DEL TABLÓN.

He citado al personaje, convirtiéndome en un hereje de la religión maradoniana solo para simplificar el mensaje y para evitar meterme en tintes políticos que pueden herir la idea central de lo que quiero expresar en estas líneas.

Hoy da igual si soy Peronista o Antiperonista, si soy de Boca o de River, no importa en este caso, lo que si sé que soy es argentino y jamás renegaré de eso, pase lo que pase, ni por otro lado me creo el más listo por serlo, con lo cual, cualquier cosa que exprese aquí lo hago desde el dolor.

Tuve la suerte de ir a los mejores colegios, tener una familia increíble, llena de valores, de ir a la universidad y de vivir hace 16 años en Europa, de hacer terapia hace 12 años, de conocer toda clase de gente que me pudo ayudar a tener una visión más “cosmopolita” de la vida y así y todo me quedan aún residuos de LA CULTURA DEL TABLÓN, me veo de vez en cuando reprimiendo alguna reacción “canchera” y a veces incluso no alcanzo a reprimirla.

Y si eso me ocurre a mí que tuve la suerte de tener oportunidades inmejorables, como puede salir de esa locura un pobre pibe de la calle que vive enfrascado dentro “del manicomio”, si durante décadas el mensaje NEFASTO nos penetró a varias generaciones donde los medios y los “referentes” nos adoctrinaron hasta el hartazgo la idea de que:

– “el segundo es el primero de los fracasados”

– “Si pierdo es mejor que se caiga el avión”

– “al rival hay que pisarlo (o matarlo)”

– “hay que ganar como sea”

Soy de una generación donde nos dijeron que el fin justifica los medios, que todo vale, que ganar un partido es como ganar una guerra y si es con un gol con la mano mejor.

Donde nos enseñaron a odiar enemigos en su mayoría ficticios para no sentir culpa al darle bidones de agua envenenada riéndonos por lo tontos que son por beberla, por confiar, nos enseñaron a disfrutar de ser víctimas porque eso nos quita responsabilidad, nos enseñaron a no felicitar al que gana porque no aceptamos que el adversario puede ser mejor, entonces por las dudas manchamos sus triunfos, escupimos su alegría.

Hoy en día, en estos años de gas pimienta y autobuses apedreados vamos camino a que los abogados de los clubes se conviertan en los nuevos ídolos de las aficiones ya que serán los actores fundamentales para fabricar campeones de escritorio creando el colmo de los colmos.

Solo vale ganar o lo que es más toxico lo que más vale es ver perder a tu rival.

Ya no importa nada el juego, los partidos son un padecimiento y los días previos se sufren entre amenazas y pastillas para dormir.

¿Exagero cuando hablo de manicomio?

Y como en mi país el fútbol no es un deporte sino UN HECHO CULTURAL (vaya a saber uno porque) esta idea modificó la conducta de toda una sociedad al punto de que se aplica inconscientemente en las empresas, en los colegios, entre los amigos, mientras conducimos un coche, cuando vamos al supermercado, cuando subimos al metro, a cada paso y en cada acto.

Los barrabravas hoy manejan todo un país y sus maneras, y hemos perdido la batalla ya que el 24 de noviembre gano LA CULTURA DEL TABLÓN.

Esto significa que el procedimiento educativo más poderoso que hoy tiene la sociedad ya no son ni los colegios, ni las universidades, ni la familia, ni el exilio, ni el terapeuta de turno, ni el conocimiento de otras culturas, nada de eso es tan poderoso como el mensaje de los medios de comunicación y sus referentes porque al final son los que hoy moldean la mentalidad de una sociedad, muy a nuestro pesar.

Es vergonzoso, pero es así y es muy peligroso porque los medios de comunicación, al contrario de la familia y los colegios, jamás tienen un mensaje genuino ya que tienen intereses específicos y pervierten al ser humano según victoria o derrota.

El mensaje en este caso fue tan perverso que el resultado se vio el 24 de noviembre de 2018 en una esquina cualquiera de la ciudad de Buenos Aires, donde todo dejo de tener sentido.

Un día me quedé esperando un partido que nunca ocurrió y al final siento que la pelota se manchó para siempre.

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¡Ah! Y si por un casual se creen que en estas líneas he estado hablando de fútbol es que evidentemente no me he expresado bien.

Martín Giménez – @martinpugil